Barro que atesora recuerdos

Un largo pasillo lleva a la sala 607 del sexto piso del Centro Cultural Kirchner, el CCK. Hay que atravesar un salón en el que hay colgadas algunas obras, y otras esperan recostadas sobre la pared que eso suceda. Una sala más pequeña se abre sobre un costado, y de ella sale una música que invita a pensar en naturaleza. Suenan los grillos, o tal vez algún sapo cantor. Y una especie de cúpulas se desparraman por la sala, están cubiertas de barro.

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Andrés Paredes es el creador de esta instalación: Barro memorioso. Ya nos había contado de esta muestra, pero verla y verlo trabajar es otra cosa. Y esta vez venimos a grabar un backstage de la etapa final. Y muy pronto se podrá visitar (todavía no hay fecha de inauguración). Andrés nació y vive en Apóstoles, un pueblo a 60 kilómetros de Posadas, en la provincia de Misiones. Y su tierra tiene mucho que ver con su inspiración.

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Todo empezó -nos cuenta- cuando murió su caballo, lo tenía desde niño, pero nunca le había puesto nombre, para todos era «el caballo de Andrés». «Cuando muere, yo empecé como a querer a hacer una recapitulación de ese recuerdo y transformarlo en algo, en otro tipo de recuerdo. Y comencé a modelar en barro el cráneo del caballo. Y empecé a llamar a mis hermanos y gente para que me hagan recordar esos lindos momentos. Recordar los gansos de mi casa, los perros, un tucán que llegó sin un pico para que mi papá lo cure y vivió un tiempo con nosotros, el mono Simón que estaba en el patio en un árbol. Se fueron juntando esa mezcla de recuerdos y también entraron los recuerdos de mis abuelos», explica. A un costado del salón algunos cráneos hechos en tierra aguardan ser colocados, pero están muy lejos de significar muerte, si no todo lo contrario. Hay uno con un sapo arriba, «esto representa la vida», nos dice.

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Las cúpulas, o montañitas de tierra, que nos sorprendieron al entrar, guardan esos tesoros en su interior, que se pueden ver desde unas ventanas o bien meterse dentro de ellas. Ese mundo contiene su arqueología de recuerdos. «Esos momentos felices, yo trato de hablar, como la vanitas, de esa fugacidad, de aprovechar: por un lado de vivir la vida al máximo, día a día; y, por otro lado, de tener una visión positiva de los recuerdos de los seres que ya no están. En el interior, yo pongo hecho en barro todos los recuerdos felices con los seres, entre mascotas y abuelos que no están. Y esos recuerdos se van cosiendo con mariposas, por eso son recuerdos felices», señala el artista misionero.

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«Creo que esta obra es el minimalismo de los materiales, porque yo vivo en Misiones y cuando uno ve esto no entiende nada», comenta. Son 500 kilos de barro ñaú, un barro del río Paraná, mezclado con cientos de cuarzos, amatistas, y ágatas de una mina, en San Pedro, Misiones.

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Y hay unas 300 mariposas disecadas, que provienen de un mariposario en Santa Ana, donde se recrían algunas especies para que no se extingan. «Como las mariposas tienen un ciclo de vida tan corto, cuando mueren me las regalan para transformarla en obra», aclara Andrés.

Es una instalación ciento por ciento participativa. La música que trae a la mente los sonidos de la naturaleza, es original para la instalación compuesta por la música misionera, Marissa Gónzalez, y ayuda a generar ese momento de introspección. Uno entra solo a ese lugar oscuro, donde brillan los cuarzos y entre recuerdos flotan las mariposas. «La idea es que cada uno se encuentre consigo mismo», reflexiona Andrés, mientras sigue llenando de recuerdos, cubriendo de barro, trayendo un poco de su tierra misionera a esta inmensa ciudad.

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